lunes, 5 de septiembre de 2016

Las ratas podridas vs. Los perros de chocolate.


¿Qué es ser adulto? Soy demasiado joven para sentirme viejo, pero también demasiado viejo para llamarme joven. ¿Es eso? ¿Es algo que nos pasa? ¿Es algo que se pierde? o... ¿Es algo que se acepta? Y entonces ¿Qué sería aceptarse adulto?. Antes me caían bien los “eternos adolescentes”, me sentía uno de ellos. Ahora no sólo que no me siento parte sino que me parecen ridículos. Pero por otra parte, a pesar de que mi cáscara envejezca, sé que por dentro tengo a un man de 19 años atrapado, ese que escribía cartas hacia mi yo futuro: “...si lees esto cuando seas mayor, no te olvides nunca de no adaptarte…”

Me ha tocado llenar formularios de mis hijas en las que me piden firmar términos como: “adulto responsable” y me siento un farsante. Responsable no soy realmente, es decir, me sigo olvidando de todo, desde pagar la luz hasta de dónde dejo las llaves. Tal vez sí soy responsable con el trabajo, pero eso igual lo era a los 23 cuando era borracho, o a los ocho haciendo deberes en la escuela. Eso se llama ser nerd, no adulto.

Creo que una definición de ser adulto es que diez años más o menos ya no suenan a mucho. No me daría cuenta si no fuera por mis hijas. Mis hijas me marcan el tiempo. Me lo recuerdan constantemente, en ellas el paso del tiempo tiene más sentido. En ellas leer el Principito y ese mundo de adultos sin sentido... tiene todo el sentido. Hablando de pasos del tiempo: mi hija Violeta está a punto de dejar la guardería. y pasar a la escuela. Tres años, que sumados a los tres años que tuvo Olivia en la misma guardería son seis: Seis años de guarderías que terminan. El fin de una era.

Una de las cosas que más me gusta (tal vez debería empezar a decir: gustaba) de la guardería es el camino. Odio manejar, siempre he sido peatón, y la paternidad vino con esas necesidades adquiridas de que no es lo mismo estar bajo la lluvia uno solo, que cargando un bebé. Entonces necesitas un carro porque no es lo mismo cargar una funda de supermercado -con bielas y pan máximo-, que las compras de comida “nutritiva” para 4 personas, etc. Pero ahora que mis hijas están más grandes voy dejando el carro y regresando a ser peatón la mayor parte del tiempo. Y el camino a la guardería con Violeta es uno de los mejores momentos del día. 

Arupo en el camino a la guardería - foto de Isabel Carrasco
Nuestra dinámica consiste en que ella trata de detenerse la mayor cantidad de veces, y yo  trato de que ella no se detenga tanto para no llegar tan tarde a trabajar. Y la personalidad de Violeta es tan fuerte que si un día encuentra algo nuevo que le gusta, eso se vuelve un ritual del camino. En ese sentido ella es como yo: la genética es muy fuerte con nosotros los temáticos. Entonces, para refrasear mejor: nuestra dinámica consiste en que ella trata de detenerse a hacer sus rituales del camino la mayor cantidad de veces y yo intento de que los haga rápido o que se salte alguno… pero tratando de que no llore.

Los rituales del camino básicamente son:

- La cuidadora: una señora de mediana edad, con alguna discapacidad mental, que cuida los autos en la subida de la casa y a la cual Violeta siempre saluda con emoción, aunque también con un poco de miedo porque la señora siempre hace la broma de que le va a robar los zapatos para dárselos a su nieta. Entonces la otra parte del ritual es que la señora se acerca como si le fuera a quitar los zapatos y Violeta corre. Es más divertido de lo que suena.

- La escalera arriba de la iglesia: Violeta tiene que caminar por el bordillo de una escalera circular que queda cerca de la casa (es bajo, de unos 50cm) pero en unas semanas de lluvia vimos a unos caracoles que se habían pegado a los escalones. Desde ahí, siempre y sin falta, chequeamos si volvieron los caracoles. A los caracoles todavía no se les ha ocurrido la gentileza de volver.

- Las ratas podridas: Cuando logramos salir más temprano, nos encontramos a mitad del camino con un par de pequeños perros (horribles por cierto): un pequinés y un chihuahua, que son paseados por una empleada doméstica (con uniforme y todo) que debe odiarlos porque los maltrata un poco, y por eso los convierte en unos perros resentidos que le ladran a todo el que se cruza con ellos. Violeta inmediatamente los bautizó como las “ratas podridas”.

- El gimnasio: Al pasar junto al gimnasio, Violeta me dice que yo también debería ir al gimnasio. Yo, bien mandado, pregunto: -Para qué. Y la respuesta siempre es alguna variante de: -Para que bajes esa panzota.

- Cambio de camino: Pasada la mitad del camino, Violeta grita: “camino nuevo”, y la idea es buscar un camino por el que no hemos ido antes. No hay tantas variantes para ir de la casa a la guardería, básicamente dos caminos posibles sin dar muchas vueltas, pero ante la amenaza de que empiecen los gritos, y si tengo cinco minutos libres, nos vamos por algún camino que no es el directo en búsqueda del camino nuevo. Siempre que pasa esto pienso que la llamada vida moderna es la que nos quita el derecho a disgregar, el derecho a deambular, el derecho a pasear sin razón, nos quita el derecho a que buscar un camino nuevo pueda ser una razón válida para caminar.

- La búsqueda del insecto. Una vez, a pocas cuadras de la guardería, encontramos unos insectos muertos. Desde ese día Violeta siempre se detiene en esa punto a que busquemos otros insectos muertos. Algunas veces encontramos algún insecto nuevo, casi siempre vivo: una hormiga, un saltamontes, una vez un insecto que parecía hojita. Es una de las partes que no nos podemos saltar, ni cuando vamos de apuro.

- Durante una época, quién sabe por qué, la empleada doméstica odió menos su trabajo, (o su vida, o a los perros, no sé, no quiero elucubrar tanto sobre una vida que no conozco) pero la cosa es paseaba feliz con los perros sin apretarles la correa y zarandearlos, entonces estos, como parecería obvio, dejaron de ladrarnos. Este cambio de comportamiento llegó a tal punto que Violeta se empezó a sentir mal de decirles “ratas podridas” a estos perros repentinamente amables, y les buscó un mejor apodo. Así los rebautizó como los “perros de chocolate”. La alegría de la empleada y el nuevo apodo duró relativamente poco. Hace unas semanas los perros nos volvieron a ladrar con resentimiento y fueron inmediatamente degradados otra vez a “ratas podridas”.
 
- Me faltan algunos rituales: correr en el piso de ladrillo (a lo que Violeta le dice: el videojuego), el salto de unas escaleras cada vez desde un escalón más alto, hay unas flores que cambian de colores con el tiempo y siempre nos detenemos a ver para ver qué color tienen, el salto de los pupos de cemento, la cargada en los hombros al cruzar el semáforo, etc.. Tal vez serían muy largos de contar, pero son decenas de pequeños detalles.

- Al llegar, el último ritual es que Violeta trata de que le compre algo diferente en la tienda que queda junto a la guardería. Yo, adulto responsable, casi siempre tengo una manzana, o algo más sano en el bolsillo para decirle que ese es el lunch. Pero de vez en cuando pierdo, y cedo, y compro el dulce, el chupete, el turrón, el maní, el huesitos, la papa de funda. Tal vez porque sé que se nos están acabando estas caminatas. Tal vez porque esa felicidad momentánea de ella me hace feliz también.

Escribo esto después de la última caminata. Violeta ya entró a la escuela y dejó la guardería. Para ella este gran cambio llegó con tantas emociones que pareciera que ya se olvidó de este camino a la guardería. ¿Tal vez no es tan importante para ella como para mí? ¿Qué tiene ese trayecto que me aferro? Tal vez me aferro a la curiosidad que contiene. Tal vez ser adulto es aceptar que lo que se pierde es la curiosidad. A medida que pasa el tiempo me veo yo en mi vida buscando menos caminos, escuchando más la misma música, yendo menos al cine, conociendo menos gente, leyendo menos, y en estas caminatas, tal vez recupero el asombro. O por lo menos lo veo suceder. Lo asombroso existe, somos nosotros los que no lo buscamos. En sólo 15 minutos, y a pesar de que los rituales parecen repetitivos y temáticos, veo en ese trayecto contenido todo un mundo con posibilidades asombrosas: la posibilidad del retorno de los caracoles de la lluvia, los nuevos caminos desconocidos, las nuevas digresiones, nuevos dulces, nuevos insectos muertos y vivos, nuevos retos, nuevos saltos, nuevos colores en las flores, y la posibilidad de que las ratas podridas, otra vez se vuelvan buenas y nos dejen de ladrar. 

IMM

viernes, 26 de febrero de 2016

Desde la condición humana al cine sin historia.


“La cultura es la suma de todas las formas de arte, de amor y de pensamiento, que, en el curso de siglos, han permitido al hombre ser menos esclavizado”. Este fragmento pertenece al mítico André Malraux: escritor, pensador, autor de: “La condición humana” novela de 1933.

En 1959, como primer ministro de cultura de Francia, Malraux acuñaba el término “excepción cultural”, no en la acepción actual –subutilizado por las discusiones sobre los tratados de libre comercio- sino como: la necesidad de la protección estatal hacia la cultura de calidad.

Sí, Marlaux hablaba de calidad, y no se acomplejaba al hacerlo. Hablaba de fomentar el arte para que las obras creadas por unas “élites lleguen a las masas”. Muy francés, tal vez, pero usaba el término “élites” sin por ello denigrar ni segregar a nadie, como se hace sin problemas desde por ejemplo el deporte para sus deportistas más destacados (“de élite” pues). No necesitaba primero justificarse desde la diversidad. Hablaba sin problema sobre democratizar la calidad.  

Revisando rápidamente la historia, también en 1959, Malraux fue fundador del CNC francés (Centro Nacional de la Cinematografía y la imagen animada). Entidad responsable de proteger y fomentar el cine independiente y sus salas. Este fue uno de los hechos que consolidó a Francia como una potencia de cine mundial, con un modelo de “resistencia”, de “excepción”. Ese modelo ha sido replicado alrededor del mundo: en toda Europa, en Corea, en muchos países latinoamericanos. Podemos generalizar sin miedo que todos los países que han logrado algún grado importante de soberanía audiovisual, o de identidad cinematográfica, lo consiguieron desde sus legislaciones y políticas usando en algún momento la “excepción” como argumento.

En nuestra propia historia, si también la revisamos rápidamente, encontramos que nuestros gobiernos nunca entendieron a la cultura como una excepción, y el fomento a las artes independientes, en especial al cine, ha sido ignorado sistemáticamente en el pasado. Las antiguas Subsecretarías de cultura o la misma CCE –con la excepción de su  modesta y destacable cinemateca- nunca se interesaron por el cine, menos por su fomento.  

Si hablamos desde la empresa privada en Ecuador: nuestra historia con respecto al audiovisual es todavía menos alentadora: exclusión de voces independientes, banalización, precariedad laboral, vacío en todo sentido ético y estético. De calidad, nada: basura para las masas. La ley de comunicación ha fracasado rotundamente en lograr democratizar esos espacios. Esa ley sólo le ha servido a la publicidad para crecer.

Entonces ¿Ni el estado, ni la CCE, ni lo privado se interesaron nunca por el cine en Ecuador? Suena fuerte. Es fuerte. El cine, era, y es, una de las grandes deudas históricas de nuestro estado.  La última rueda del coche de la cultura, que a su vez sigue siendo la última rueda del coche del estado.

Por supuesto que tenemos que estar conscientes que estamos en crisis. Pero tal vez porque vengo de Guayaquil, en donde las expresiones culturales nunca han dejado de estar en crisis (por culpa de decenas de años de populismo y socialcristianismo mezquino e ignorante) es que creo que no debemos aceptar la crisis como una excusa histórica para olvidar al arte.

Esa historia vergonzosa, esa no-historia, ha cambiado ligeramente los últimos 10 años. Llevamos 10 años con una pequeña ley de cine que a su vez creó nuestro CNCine (Consejo Nacional de Cinematografía del Ecuador). Hay que reconocer que este es el primer gobierno al que el fomento del cine le importó mínimamente como para que exista un fondo. Esto es importante, es innegable, habla de una interés público real y a pesar de eso: el calificativo “mínimamente” también es correcto.  

Cada año el presupuesto del CNCine depende de una voluntad política que en crisis se evidencia muy frágil. Hoy, el recorte del 60% de su presupuesto significa la suspensión de su fondo concursable. Es la primera vez en 10 años que el fondo debe ser suspendido, temporalmente esperamos, pero suspendido al fin.

Brasil, en la crisis más grande que ha tenido su economía contemporánea, aumentó su fondo de cine. Argentina, Chile, Colombia, tienen hoy fondos envidiables para lo independiente. Evidentemente el problema es de criterio y de prioridades, no de dinero.

El CNCine ha logrado convertirse en ejemplo de gestión, (hay que decir esas cosas sin miedo a la mezquindad). Envidiado por el resto de instituciones culturales actuales, incluidas la CCE y el Ministerio de Cultura.

Se parecen mucho el ministerio de cultura y la CCE. Ahora en su batalla política por el poder cultural, ambas instituciones se acusan públicamente de ineficiencia, centralismo y excesiva burocracia. Ambas tienen razón.
Para ambas la producción de cine resulta minoritaria en sus intereses, demostrando la antigüedad de sus visiones sobre cultura. Ninguna de las dos instituciones, después de cientos de millones de dólares invertidos por el estado en cada una, y sumando mil burócratas en conjunto, presenta hoy en día resultados contemporáneos emblemáticos.

El CNCine en cambio, con una modesta o precaria inversión (22 millones de dólares en 10 años) dinamizó el cine local. Ese fondo semilla, -que financia un porcentaje bajo de los proyectos (20% aproximadamente)- logró centenares de premios internacionales y obras de un evidente impacto cultural que no existirían si dependieran exclusivamente del mercado, mucho menos si dependieran sólo de la empresa privada, y tampoco si dependieran de los intereses desde un gobierno particular, y no desde la creación independiente.

Por nombrar algunas obras (que son o serán) emblema: Con mi Corazón en Yambo, Alba, Silencio en la tierra de los Sueños, La muerte de Jaime Roldós, Vicenta, Chuquiragua, Prometeo Deportado, Yo Isabel, Sin muertos no hay Carnaval, En el nombre de la Hija, Abuelos, Mejor no Hablar de Ciertas cosas, El grill de César, Feriado, etc… pero Como diría Pablo Stoll en su artículo escrito durante la crisis del cine uruguayo (La diferencia entre una película y un salamín): “La mejor película es la que todavía no se filmó. El objetivo es que pueda filmarse.”

Repetidamente el presidente Rafael Correa ha dicho que la gran deuda de la revolución ciudadana es con la cultura. Pero es una deuda que aún no se paga. ¿Se alcanzará a cumplir? ¿A cuántos años de una revolución debería aparecer la cultura? En el enlace ciudadano 361, celebrando los logros del cine, le pidió a sus autoridades de finanzas que el presupuesto del CNCine “…se multiplique por diez…que no haya techo...” Ni Patricio Rivera ni Fausto Herrera hicieron caso a ese mandato. 

Y es que si revisamos la historia, por ley no existe obligación de otorgar ningún financiamiento al cine.  En Ecuador, lastimosamente, el debate sobre cultura está en un nivel muy precario, muy antiguo. Todavía se duda de la necesidad de que un estado “gaste” plata en cultura o que ponga las reglas claras para que no sea el mercado quien regule el desarrollo cultural. La idea de “excepción cultural” no ha sido legislada, pero más importante aún: no existe aún la conciencia de que esa excepción sea importante.
Existen esperanzas, existen ofertas, pero no existen certezas de que  en el borrador de ley de culturas, próxima a discutirse, exista un mecanismo que asegure ingresos para el cine en el futuro.. ¿Cómo protegemos a nuestro cine independiente en los años venideros?

La memoria, la identidad, lo intangible, la independencia, son conceptos que todavía generan resistencia en nuestra sociedad, tanto a nivel público como privado. Es momento de cuestionarnos seriamente si la infraestructura que se ha construido con ambiciones sociales, nos llevará también hacia la cultura. Si no lo hace, tanta inversión no tiene ningún sentido.

Hoy, es necesario más que nunca tomarnos la molestia de revisar la historia, tal vez no tan rápidamente y así aprender algo de ella. Lograr un paso adelante real para la legislación de cultura.  Lograr que las deudas pendientes se cumplan. En la ley además de mecanismos efectivos de financiamiento necesitamos candados para el futuro. Un candado de “excepción cultural” que la proteja del desinterés del neoliberalismo en caso de que llegue un un gobierno de derecha. Y también un candado anti-clientelar, anti-dedo para poder proteger a la cultura de los malos hábitos en los que pueda caer un gobierno de izquierda.

¿Podremos mejorar el debate y llegar a hablar sobre democratizar la calidad? ¿Podremos pensar en la cultura “de élite” para apoyarla como apoyamos desde el deporte a sus representantes olímpicos o al equipo de fútbol que llega al mundial? ¿Podremos permitirnos hacer también esa suma de “que nos haga menos esclavos” como decía Malraux?, quien también dijo: “El destino individual no se concibe sin el destino colectivo. La dignidad humana es parte o resultado de ambos.” Y también: “La cultura, es la respuesta que encuentra el ser humano cuando se pregunta: qué hago en la tierra”.

Iván Mora Manzano 


jueves, 26 de marzo de 2015

Filmar la intimidad.


Este artículo salió originalmente en la edición de marzo 2014, de Revista SOHO Ecuador. 

Lo que haría igual y lo que no volvería a hacer a la hora de filmar una escena de sexo en Ecuador.

Por Iván Mora

Dicen que el cine para un país es como una ventana, un espejo, un álbum de fotos, un portarretratos, etc. Si bien estas comparaciones pueden caer en generalizaciones, a mí personalmente me gusta la metáfora del espejo: en el espejo tú decides mirarte, acercarte, alejarte, meter la barriga o soltarla. Es muy raro no tener espejo.
Basados en esa metáfora: ¿qué significa que no exista cine en Guayaquil? ¿Es que no nos queremos ver? No saber cómo son tus muecas, no verte los granos, no reírte de ti mismo, no tener ese encuentro de sinceridad personal.
Antes de hacer Sin otoño, sin primavera (SOSP), yo no había pensado mucho en el efecto reflejo. Solo al ver lo que la película provocó, comprendí que lo que le pasó a la ciudad es lo que le pasa a alguien que nunca tuvo espejo cuando tiene que verse desnudo por primera vez.

Lo que haría igual

1. Retratar al sexo como parte de la vida
Cuando empecé el guion de SOSP en 2007, mis productores Isabel Carrasco (que es también mi esposa) y Arturo Yépez me decían que la historias de amor estaban demasiado “zanahorias”. Que el amor urbano, de tono naturalista, necesitaba más sexo. Inmediatamente aumenté siete escenas salvajes de sexo.
Luego de ese primer exceso, me di cuenta de que eso no tenía ningún sentido. El sexo real es caótico, no siempre satisfactorio, no es soñado ni ideal. Al reescribir, vienen las reflexiones. La primera fue que cada escena de sexo tenía que sentirse parte de la vida de los personajes. A la final sobrevivieron las siete escenas, pero con distintos matices: dos escenas interrumpidas, una escena de sexo precoz, una masturbación frustrada (que refleja la soledad y alienación que vive el personaje de Gloria), una escena de coqueteo con la prostitución, una escena de desnudo colectivo sin sexo, y una, la escena de sexo de la que vamos a hablar: la escena entre Antonia y Martín.

2. Filmar intimidad, no calentura
Siempre he pensado que lo importante del sexo es la intimidad, entonces la segunda reflexión fue no querer una escena “calentona”. Hay una diferencia muy grande: retratar la intimidad es retratar el placer, pero la intimidad se da incluso sin sexo. Por ejemplo, el momento más cercano entre Martín y Antonia es cuando están desnudos en el piso en el postsexo.
Mientras pensaba en cómo rodar la escena, leí una frase de Fernando Trueba —que no encontré textualmente pero suscribo— que iba algo así: A las películas normales les hace falta lo explícito de la pornografía, y a la pornografía le hace falta historia, emoción y drama. El futuro del cine es contemplar lo erótico como un encuentro sin distinciones entre lo narrativo y lo explícito.

3. Buscar la belleza
La belleza en el sexo del cine es un tema complicado. No es suficiente filmar con “buen gusto” para hacer sexo “artístico”. Me parece un cliché aberrante ese de que el desnudo vale porque es artístico. Comúnmente lo que se escuda en el arte-fácil es una mezcla de cliché fotográfico (remanentes del soft porn) mezclado con buena factura: iluminación profesional, presupuesto para locaciones, maquillaje, dirección de arte y vestuario. Eso no es suficiente.
Sigue siendo “mal gusto” moral tener buena producción pero replicar posturas machistas o superficiales. Quería que la estética fuera cruda, que no parecieran actores simulando, sino gente teniendo relaciones. Además, que sea una escena de conflictos internos y acumulación de sentimientos: por un lado, es una escena de traición, también de nostalgia del amor de juventud, también de desesperación por el tiempo contado de la enfermedad de Antonia. Buscar la belleza necesita complejidad.

4. Censurar la violencia antes que el sexo
La gente todavía se escandaliza cuando ve un pene en la pantalla. El sexo provoca reacciones sobredimensionadas aún en nuestros tiempos progresistas, pero nadie se asombra que un niño promedio vea miles de asesinatos en TV y cine antes de terminar la primaria.
En esta película quisimos mostrar todos los desnudos sin censura y, por oposición, no poner armas ni crímenes. Esta decisión se tomó en el último borrador antes de filmar la película, para oponernos a la domesticación audiovisual de nuestro espectador. No sé si en las siguientes películas pondremos armas o violencia, pero fue una decisión para SOSP.

5. Escoger actores temerarios
Me considero una persona relativamente tímida y pudorosa. Así que necesitaba de actores temerarios: Paulina Obrist y Andrés Troya no habían actuado nunca antes en ninguna película, pero tienen ese interruptor del pudor superado en un nivel mucho más amplio que el resto.
Con Paulina tenemos la historia increíble de que una foto de ella inspiró secretamente su personaje (no voy a contarla ahora, vean los extras del DVD). Ella nos dijo desde el primer casting que se sentía muy cómoda mostrando su cuerpo. Y cumplió su palabra en cada minuto del rodaje, hasta el final.
Andrés es mi amigo desde la adolescencia y lo conocía como alguien que no tiene miedo a hacer el ridículo y nunca se sonroja. Puede con igual facilidad cantar en público un tema inventado, disfrazarse de cura, de estríper, de Rocío Durcal o del Chapulín.

Lo que no volvería a hacer

1. Pensar que el sexo va a ser lo más difícil de la película
Rodaje: Día 3 de 36. Seguimos el consejo de empezar por lo más difícil. Para la tarde del día 3 está planeada la escena de sexo. Equipo mínimo. Complicaciones con el microporo que usa Paulina para las escenas de contacto. Complicaciones con el suspensorio que usa Andrés para las escenas de contacto. Nos tomó tres horas llegar a estar cómodos. Pero la espera coincidió con la luz suave de atardecer guayaco, así que valió la pena.
Empieza el rodaje. Es épicamente emocionante en un principio, luego es mecánico y técnico. Captar un momento intenso no es lo mismo que vivirlo: es un proceso de construcción estético riguroso, que en el set se vive con relativa frialdad. Mis instrucciones: mueve la cabeza hacia abajo, un poco más lento, levanta la pierna. Eso se siente natural, repitamos ese movimiento… acelera los gemidos… dame una versión más susurrada del texto, etc… incluso entro en escena varias veces para acomodar los cuerpos con respecto a cámara.
6 de la tarde. Todos sentimos que la escena ha quedado increíble. Olivier dice que es una de las mejores fotografías de su vida. Nos abrazamos al final del día de rodaje.
Unas semanas después, estamos tratando de rodar otras escenas pero el ruido ambiental de gritos citadinos y de aires acondicionados no lo permiten. La escena va a ser doblada enteramente. En otro día hay un temblor y extrañamente se borra una tarjeta de video. Otro día se cae una locación clave por su vista hacia la ciudad, encontramos la nueva locación minutos antes de rodar.
El sexo no es lo más difícil de filmar en una película.

2. Anticipar la reacción del público
Un poco de contexto histórico de lo que pasó en Guayaquil City cuando se proyectaba la escena de sexo de SOSP: risas incómodas se escuchan en la sala, algunos empiezan a levantarse, generalmente adultos mayores. Luego otros incómodos se levantan. La mayoría, más valiente, se quedan hasta el final. Nuestro equipo de promoción que estaba afuera del cine fue insultado un par de veces. Llegan tuits moralinos, entre ellos: “vas a ver SOSP, vas a ver porn”, “sexo explícito en la sala”, etc…
Esta escena tuvo calificaciones tan disímiles: “la peor escena que el cine nacional ha puesto en sus pantallas”, Observatorio Católico, nov 2012. Y por otro lado: “el mejor polvo de la historia del cine nacional”, Cristian León, revista El Apuntador / académico de cine, dic 2012.
Del blog católico rescato esta joya: “… es que acaso ignoran lo que sucede en mi cerebro al segundo de ver una imagen sexual, han escuchado hablar acerca de la epinefrina, de la oxitocina, o de los millones de receptores que se disparan… haciendo sumergir al espectador en un remolino hormonal…”.

3. Juzgar al espectador
Obvio que un porcentaje de fanáticos religiosos no me hace generalizar al público guayaquileño, que ha sido también muy apasionado con SOSP. Pero debo admitir que las reacciones extremas me tomaron por sorpresa unos días de 2012.
Ahora con el tiempo me han puesto muy contento como artista: habíamos provocado justo a la sociedad que la película criticaba. Habíamos puesto el dedo en una llaga intocada. No hacemos entretenimiento bien contado (que es lo que tanto se le reclama con inocencia mercantilista al cine ecuatoriano), estamos removiendo un poco el confort de una sociedad sin espejos.

Finalmente
Ha pasado más de un año, la película ha ido a 23 festivales hasta ahora, se ha vendido en Estados Unidos, se va a estrenar en salas en Francia, Colombia y Bolivia. Alguna gente nos escribe para contarnos que le cambió la vida o simplemente que le gustó.
A la final, después de este proceso de actores que se desnudan, personajes que desnudan sus sentimientos y de desnudar ciudades, la mayor recompensa es haber sido honestos, aunque cueste.
Al respecto de eso comparto esta frase de Jonathan Franzen: “… al final no puedes pasar por alto lo que hay de fraudulento o manido en tus propias páginas. Estas páginas son también un espejo, y si de verdad amas la narrativa, descubrirás que las únicas páginas dignas de conservarse son aquellas que te muestran como eres. Aquí el riesgo es, por supuesto, el rechazo…”.
Viene en camino una segunda película igual de íntima que Sin otoño, sin primavera. Y quién sabe, tal vez más provocadora.

miércoles, 5 de junio de 2013

Las Recompensas



Qué pasa por la calle… gritamos unos guayacos autodesterrados a todo volumen mientras retumba la canción en los parlantes de una fiesta.  Es 1998, hace 3 años que había dejado de vivir en Guayaquil: ciudad luminosa, ciudad sin memoria… ciudad con la que cuesta identificarse, (el ya conocido amor/odio). La canción siempre me da respuestas… Nada… no pasa nada.

14 años después: Backstage del concierto de Manu Chao. Llevábamos más de un año con La Suca (a.k.a La Colorada) y Arturo buscando los derechos de la canción. Manu nos dice la plena: con la disquera el acceso a la versión grabada está cerrada, pero se porta dato: -úsenla igual.  6 meses después estamos con Víctor Andrade y Carlos Bohórquez haciendo un cover para un himno de nuestra generación.

Salto a 1989: Escucho “Destruye” en unos audífonos con los que me quedo dormido. Tengo 12 años y ya sé que me voy a identificar con Ilegales toda la vida.
21 años después Jorge Martínez frente a la compu de Cinthia Velasco mira las escenas con Destruye: Lucas estudiante rompe el televisor: -Me gusta, me gusta mucho. dice. Un día después nos cuenta como él fue un estudiante de leyes antes de volverse músico. Se siente identificado con Lucas y su disidencia: -Usen otra canción…la que quieran. -Siempre me ha gustado Agotados de esperar el fin. -La tienes.

El contrato que firmamos con él merece ser enmarcado, en resumidas palabras dice: pueden hacer lo que les de la gana con las canciones y la disquera no les va a pedir nada. Un contrato punk. Como pago simbólico haremos un videoclip para su nuevo grupo.  
2 años después la película está lista: en  pantalla grande Lucas se queda dormido con los audífonos mientras escucha Destruye.

Corte a febrero 2013. Quito, CCE. Todavía es de tarde, una tarde soleada de este verano que se ha extendido inexplicablemente.  Llego una hora antes para ver que la proyección del cineclub esté bien. Mientras camino algo pasa, no parece el edificio viejo de siempre (vacío). El patio está lleno de pelados, unos manes indescifrables, “alternativos” se podría decir, aunque en este punto no sé muy bien qué significa eso.

Cinturones de púas, gafas, afros, mohauks, también otros gogoteros, por ahí unos gringos, otros futuros intelectuales de lente y bufandas, se han tomado el patio, me gusta, parece realmente una Casa de la Cultura. Uno de ellos habla por teléfono. -Me estás guardando puesto verdad huevón… está lleno… ya subimos loco… el último pipazo antes de entrar. Recién por ese diálogo me doy cuenta de que esta gente es mi gente. Que todos estos pelados están acampando la previa a la película, Está tan lleno que varios se quedan afuera. Emoción.

Corte a: Un par de meses después. Guayaquil. MAAC. Día de lluvia intensa y consecuentes  inundaciones, por lo que las expectativas son bajas. La suca me dice que quiere filmar la cola de entrada al conversatorio en el Maac, a unas 30 personas. Empiezan a entrar y de pronto no paran, y no paran, nos quedamos fríos. Toda la gente que estaba aparentemente desperdigada por los alrededores eran también nuestra gente: Skaters, enternados, pelados con abuelitas, gente random de un Guayaquil que yo no conozco,  la fila se vuelve enorme. La sala está tan a reventar y gente se queda afuera. Un cosquilleo nos recorre, parecido al del día del estreno…

9 de octubre 2012: El día del estreno. Un día onírico, al mismo tiempo uno de los mejores conciertos que he visto en mi vida (las bandas de la peli), una reunión familiar ampliada, una serie de pequeños encuentros con amigos queridos de todas las épocas. También cansancio. Tanto tiempo de esperar por ese día, y pasó muy rápido.

Estrenar una película es emocionante, bello, también es duro. Es pararse en un lugar de exposición antes desconocido. Es conocer la bondad, buen trip y energía de muchos, pero también “surfear la mala onda” como diría Mateo Herrera. Uno llega tan agotado que es incapaz de disfrutar el momento. Las recompensas llegarán después. La conciencia llegará después.

Después es ahora.

Hoy que escribo han pasado 8 meses desde el estreno. Muchos nos escriben que la peli les cambió la vida, la peli viaja a festivales, se va a distribuir por lo menos en Bolivia, Francia, Colombia y EEUU. El DVD está en la calle. Las recompensas siguen, seguimos viajando en la ola. Y al final la mejor recompensa es no poder parar: ya hicimos un documental, y ahora soñamos con la siguiente, porque como dice la colorada: “el cine es pulsión”.

domingo, 8 de julio de 2012

Afiche de Expectativa película Sin Otoño, Sin Pirimavera


Trailer 1 de SIN OTOÑO, SIN PRIMAVERA



OCTUBRE 2012 EN TODOS LOS CINES

www.larepublicainvisible.org
http://www.facebook.com/pages/Sin-Oto%C3%B1o-Sin-Primavera/115165401845748
@SOSPpelicula

miércoles, 22 de febrero de 2012

Urdesa Norte no Olvida.


Hace 17 años que no vivo en Urdesa Norte, pero sigue siendo mi Barrio. Esto es discutible, claro: estoy a 450 km, he tenido y tengo otros barrios, no lo circulo, ni lo vacilo. Entonces, tal vez no es mi barrio durante el día. Pero todas las noches, en mis sueños soy de ahí.


Mi casa de infancia (que ahora está en venta) queda frente al parque. En la misma cuadra de la iglesia del hermano Gregorio y su caos de cada 27. Como muchas, sufrió la transformación de la seguridad. Primero tenía el patio descubierto, luego un muro, luego rejas y luego se volvió una fortaleza.


Algunas tiendas de barrio: La de Robert Cadena, que siempre estaba afuera jugando dominó (o eran damas). La de León, un tendero exacto a Febres Cordero, y la del pan con abejas: miles de abejas revoloteaban entre las estanterías de un pan riquísimo. Con cada cliente, la dueña con cuidado retiraba las abejas antes de pasarles cada pan. Es impresionante la capacidad del guayaquileño para convivir con el surrealismo.


Mi casa era también un conservatorio, el conservatorio Manzano. Todas las tardes, después de las clases de música clásica, adolescentes con sueños de rock nos reuníamos a improvisar “jams” con guitarras acústicas tocando canciones grunge (generalmente no muy bien sacadas).


En el parque hay una cancha con arcos de fútbol y había aros de básquet. A mí no me gusta el fútbol sino el básquet. Un par de veces llegué primero que los futbolistas y les gané la cancha. Una vez que jugaba básquet con mi hermana, los futbolistas se cansaron de esperar que acabemos y jugamos al mismo tiempo. Esto les cabreó bastante. A la mañana siguiente amanecieron dañados los dos aros. Estaba claro que yo no pertenecía a ese lado de la calle. Yo era el chico del conservatorio. Unas semanas después mi papá construyó un aro de básquet en la casa.


Salíamos con mi ñaño casi siempre a las mismas fiestas, pero a veces nos separábamos. Yo tenía 16 años y no tenía llave de la casa. Era una época pre-celular y teníamos hora de llegada, así que más o menos calculábamos y coincidíamos.


Una de esas noches llegué antes y el decidió llegar mucho después. Me había tomado 4 cervezas que aunque ahora parecen una broma me tenían un poco mareado. Así que me daba vergüenza timbrar. Era la una de la mañana y me senté a esperar fuera de la casa. Por un rato sentí la extrañeza de estar solo en la madrugada, y luego empecé a sentirme cómodo. Los límites de mi casa se extendían a mi barrio, ahí afuera me sentía como en mi cuarto. Este parque sin aros de básquet es mío. No tengo frío, no tengo miedo. Esta calle es mía.


A las 4 y media llego mi hermano ¿Por qué no timbraste?... quería estar afuera un rato...¿3 horas en la madrugada sentado en la vereda?.. sí, me siento súper seguro en este barrio. El episodio se repitió algunas veces, pero la primera fue la mejor.


Meses después decido irme a estudiar, pero antes de irme de Guayaquil, me saco la pica y le pregunto a la señora de la tienda porque hay tantas abejas. Sonriendo me contesta: “un día llegaron”.


Pasaron 16 años y hace un año regresé una temporada al barrio y a mi casa. La usé de oficina para nuestra película: Sin Otoño, Sin Primavera (coming soon). Llené la casa y los alrededores de escenas y locaciones. Es una película urdesina?... más o menos... más de urdesa norte... urdesa norte que no olvida...


A diferencia del resto de la ciudad -que es más bien hostil con los rodajes (pitos, insultos y dificultades)- el barrio fue muy amable. Cada vez que cerrábamos una calle los vecinos se asomaban con curiosidad, si estaban en carros esperaban con paciencia. En una toma cruzan la calle de extras mi hija Olivia conversando con mi mamá a media cuadra de la casa.


Me doy cuenta que como me fui a los 17 nunca he sido adulto en este barrio. Tampoco ahora. Hacer una película es una actividad adolescente: hacer lo que te da la gana 16 horas al día gastando plata que no tienes. Me da la impresión que aquí siempre se puede ser joven.


Pasé por las tiendas, los futbolistas siguen viviendo por ahí, algunos tienen los trabajos de sus padres. Me reconocen como si fuera ayer, me saludan de “vecino”. No existe ningún rencor por el episodio de los aros. Llego con apuro a la tienda de la esquina pero me quedo pasmado.... las abejas ya no están ahí.


Tengo que preguntar. La misma señora me aclara: “un día se fueron”. En principio me decepciona, pero me alivia su lógica. Yo también tengo que acostumbrarme al surrealismo, y sé, que siguiendo esas misma reglas... “un día volverán”.


IMM